Y la piedra estaba corrida

Las mujeres volvieron al sepulcro para darle a Jesús el adiós que se merecía de acuerdo a la tradición hebrea. Fueron convencidas de que, así como dos días antes habían dejado a Jesús, de la misma manera lo volverían a encontrar. Pero, ¡oh sorpresa!, al dolor se le suma otro dolor. La piedra no estaba en su lugar, a Jesús no lo hallaron allí y no pudieron cumplir con el ritual de los ungüentos como última despedida… En muy pocos días todo se derrumbó: la fe, la amistad, la oportunidad de aprender; y ahora ni siquiera pudieron cumplir con lo que la tradición les indicaba. Frente a la sorpresa de lo inesperado y diferente, las mujeres trataban de encontrar seguridad compartiendo esta información con sus compañeros de camino. Pero en medio de la situación de dolor e impotencia había señales nuevas: dos personas desconocidas que les anunciaban la Buena Nueva: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, ¡ha resucitado! Acuérdense de lo que les dijo cuando aún estaba en Galilea…” (Lc 24: 5c-6).

Año tras año, al leer los relatos de Resurrección, vuelven a mis pensamientos cuán descolocados quedamos cuando en nuestras vidas acontecen situaciones inesperadas. Nos descolocan porque exceden aquello que hemos aprendido y a lo cual nos aferramos porque esto nos genera seguridad. Fue difícil para ellas entender que su práctica ancestral de ungir el cuerpo de Jesús debía ser interrumpida, a raíz de reconocer que el mensaje de la Resurrección que acababan de recibir era verdadero. Pero ahí comienza la transformación de las mujeres. Y esta transformación es vivencial, tangible, sensible, antes que un acontecimiento razonado. Intuitivamente pusieron en práctica lo que será la misión de la Iglesia: contaron todo esto a los Once y a todos los demás.

Sin embargo no fueron tomadas en serio, porque la tradición también decía que la tarea de anunciar debía venir de los varones.

En diferentes tiempos a lo largo de la historia de la Iglesia muchas veces hemos sentido que la piedra estaba corrida, es decir, que la misión de la Iglesia tomaba un rumbo que nos llenaba y nos llena de sorpresas. ¡Qué difícil es aceptar lo nuevo, lo diferente, lo que no puedo “manejar”, aquello que no depende de mi acción! ¡Cuán fácil pensamos que todo se pierde, se desdibuja porque está fuera de control de acuerdo con la construcción cultural o social que traigo! Dios va marcando un rumbo para el cual no siempre nos sentimos preparados. Dios nos sorprende por medio de otras personas (como los mensajeros a las mujeres) y nos va indicando maneras diferentes de dar la Buena Noticia. Las mujeres lo hicieron en medio de temor, sorpresa, alegría…

Caminemos juntos/as, como aquellas mujeres, al encuentro de Cristo resucitado. En el camino seremos comunidad de fe, Iglesia en marcha, el pueblo de Cristo que cumple una misión fundamental en la sociedad. Compartamos en ese caminar nuestros temores, nuestras sorpresas y nuestras alegrías, y por delante tendremos a Cristo y su Reino constituyendo el horizonte de nuestras vidas. Así experimentaremos, como aquellas discípulas, que “la piedra estaba corrida…”, y desde ese momento eran protagonistas de activas de la Misión….

Wilma E. Rommel

Pastora Vicepresidente IELU.

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